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Cuando pierdes el tren

Cruzábamos a diario miradas somnolientas por el madrugón para tomar el cercanías de las 7.05. Me atraía aquel chico. ¿Estudia o trabaja?. Casi tenía ganas de que llegase mañana, otro día laborable que me permitiría ese cómplice cruce de chispas.

Empecé a creer en el flechazo, mi pulso se aceleraba sin ni siquiera haber cruzado una palabra con él.

Llegó su primera sonrisa y yo soñaba como una adolescente con una cita apasionada. El amor a primera vista existe, me decía a mí misma viéndome reflejada en el sucio cristal de aquel anuncio de desodorantes.

Esperaba una propuesta, cuando al dia siguiente le vie de pie en el andén. Lo observé de lejos y los dos miramos hacia otro lado cuando pasó el tren de las 7.05. Se acercaba un momento especial. La soledad del sombrío túnel nos hizo compartir por primera vez una respiración más cercana, y su rostro me pareció otro, alegre y vital. Su sonrisa se tornó en una alegría todavía más amplia. De repente, emprendió rápida carrera a un rumbo cercano, en el que no estaban mis coordenadas. Llegó al encuentro de un muchacho alto y rubio. Se besaron en la boca fundidos en un abrazo, como si no hubiera un mañana.

Escondí el rostro, avergonzada, detrás de mi libro de cabecera "Amor se escribe sin H", y tomé el tren de las 7,15; totalmente centrada en inventar una excusa creíble por llegar tarde al trabajo. Como mi color era de cera, y mi ánimo estaba bajo mínimos, no me costaría mucho esfuerzo inventar algo.

Ya en el metro, aun con un velo acuoso sobre los ojos, pude escribir en la pagina primera, a modo de dedicatoria: El amor tiene dos propiedades especialísimas; transforma y congestiona.




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